Sobre el Amor…
Queridos amigos, tras dar un paso atrás, vuelvo con un pensamiento que puede parecer anacrónico o completamente fuera de lugar en estos tiempos gloriosos. Pero es que… estoy convencido de que es más importante que nunca ¨decalibrarse¨ ante la triste puesta en escena actual urdida por nuestra humanidad.
Cuando digo «cambiar», no me refiero a desvincularse o retirarse, sino a intentar operar en un modo de conciencia diferente, en el que la percepción del lado ilusorio de las cosas nos permita respirar y esperar…
Hablando de amor…
Hay algunas palabras que son mágicas… La palabra amor, por ejemplo. Probablemente sea la más mágica de todas las palabras mágicas. Da la impresión de que contiene en sí los misterios de aquello que todo lo cura, y que por tanto es el bálsamo definitivo para todas las disensiones humanas y todas las heridas del alma. Su aura es tan universal que incluso personas que, a nuestros ojos, se encuentran entre las más oscuras de nuestra especie no dudan en utilizarla.
Reflexionando hoy sobre esto, he llegado a preguntarme cuál es el verdadero propósito de esta magia. La respuesta no es tan obvia como podría pensarse. De hecho, me parece que puede variar considerablemente de una persona a otra, en función de su nivel de conciencia, es decir, de su percepción de la vida… y luego de sí misma en el centro de esa vida.
Sí, cuanto más pienso en ello, más cierto me parece que el amor no significa lo mismo para todo el mundo. Según algunos diccionarios, es ¨una disposición afectiva hacia lo que parece bueno¨… ¡Y ahí es precisamente donde empieza la vaguedad! En el corazón mismo de la idea de ¨bon¨.
¿Qué es exactamente el bien? ¿Lo ¨justo¨? Seguramente no… Todas las guerras son el resultado de un desacuerdo sobre lo que se decreta justo o injusto. ¿Acaso los cruzados no consideraron oportuno masacrar en nombre de Cristo? ¿No creían ciertas civilizaciones precolombinas en la justeza de los sacrificios humanos para obtener favores celestiales y demostrar así su amor a la Divinidad? Todos sabemos que la lista de aberraciones de este tipo podría continuar hasta el infinito.
En cuanto nos volvemos hacia el pasado, es fácil, por supuesto, denunciar tales percepciones de lo que es bueno y de lo que exige el amor. Su absurdo es evidente, pero ¿qué ocurre hoy?
No es muy diferente. Oficialmente, todo el mundo sigue queriendo el bien, el amor… y por eso todo el mundo sigue haciéndose la guerra con las mismas buenas razones.
Como ¨antiguo joven idealista de los años sesenta¨, puede que esperara, como muchos, que la ¨paz y el amor¨ del movimiento hippy y su extensión a través de la galaxia de la corriente ¨New Age¨ trajeran consigo un redescubrimiento del amor o una expresión más amplia de su significado.
Esto era cierto hasta cierto punto. Sólo hasta cierto punto… porque al final volvimos a caer en la confusión. El movimiento hippy se suicidó ahogándose en el pantano de las drogas; en cuanto a la Nueva Era, hace tiempo que está muerta y enterrada, sofocada por la profusión, inconsistencia y pretenciosidad de los vástagos mercantiles que brotaron de su tronco.
Y el amor, en nuestras mentes, aún no ha abandonado su posición de gran sanador difuso. Sigue siendo el mago que esperábamos pero que nunca identificamos claramente.
¿Y eso por qué? Evidentemente, no pretendo tener la respuesta a tal pregunta, pero me pregunto si no se debe, sobre todo, a que en este planeta hay unos ocho mil millones de personas que desempeñan un papel que rara vez les corresponde. Ocho mil millones de personas que no saben hacer otra cosa que llevar dolorosamente máscaras, es decir, fingir, envidiar, envidiar, y que no conocen otra cosa que la balanza del poder para existir….. Más o menos, al menos.
Es cierto que es difícil ser real… Así que miríadas de nosotros inventamos papeles y pretextos hasta que acabamos creyéndolos. Sí, ser verdadero es sin duda lo más complejo y exigente de todo. Por eso la humanidad sigue persiguiendo un concepto mágico, el del Amor, que es incapaz de encarnar.
Nos guste o no, el amor del que somos capaces es invariablemente exclusivo en el sentido primario del término, con lo que quiero decir que siempre hay algo excluido.
Por supuesto, aquí y allá hay quien sigue afirmando con sus ¨mensajes estelares¨ que «todo el mundo es simpático y amable». Por desgracia, parece que esta afirmación, con sus insinuaciones de «flores azules», es bastante débil ante el reto de encarnar un amor que sea verdaderamente Amor.
No, no creo que todo el mundo sea amable y bello, y precisamente por eso estamos aquí, en el crisol de esta Tierra. Si todo lo que conocemos de la Vida es una especie de borrador torpe y demasiado a menudo sufriente, es porque precisamente no es en otro lugar que en la densidad de la arcilla en la que vadeamos donde puede tejerse el Amor al que aspiramos.
Allí aprendemos lentamente, muy, muy lentamente, a fuerza de ensayo y error, perseverancia, repetición y callejones sin salida, golpes de ego y caídas… y no por efecto de alguna Gracia Divina última y definitivamente salvadora.
Así que, en virtud de ello, no tengamos miedo de decir «yo soy de aquí…». aunque nuestra memoria esté hecha de polvo de estrellas.
El amor, el tipo de amor cuya memoria llevamos con nosotros, no es fruto de un repentino estallido de conciencia que tengamos que esperar que caiga en paracaídas sobre nosotros desde las esferas celestiales. Creo que es hijo de la infatigable Voluntad del Viviente y de su Inteligencia que se busca a sí misma a través de nosotros.
También creo que seguirá siendo vaga y esquiva hasta que hayamos agotado los pesados argumentos de nuestros disfraces sucesivos.
Ya es hora de que dejemos de esperarle en alguna pseudoiluminación milagrosa y new-age o en la manifestación de un nuevo Cristo que nos dé el plano de cómo subir a bordo de la nave nodriza correcta.
La salida del atolladero resultante del ciclo que se supone que hemos dejado atrás es decididamente individual antes de que pueda aspirar a ser colectiva… sencillamente porque la respuesta a nuestro enigma reside en la visión íntima que cada uno de nosotros sea capaz de tener de sí mismo.
Así pues, la primera gracia que debemos desearnos es la de desear realmente salir de semejante atolladero una vez que hayamos admitido que hemos construido plenamente su absurdo. Tal deseo, te lo aseguro, es algo que hay que decidir, no que se regala.
Por lo demás, dejemos que la Vida actúe sin intentar bloquear su desarrollo con nuestras manos apretadas. La Vida es inteligente; sabe adónde va a través de nosotros. No nos pertenece, sino que nosotros le pertenecemos a Ella… como aquel primer Amor del que procedemos. ¿No es por eso por lo que nos ha eludido hasta ahora?
Además, algo me dice que este Amor no es una meta… sino un principio.
Pero en realidad… ¿qué es la ¨Vida¨?
Daniel Meurois
Ilustración de origen no identificado.