Amigos lectores, en esta víspera de Pascua, creo que no es necesario presentaros estas líneas…
«He entrado en lo Divino… en el seno mismo de ese líquido amniótico en el que todos nos bañamos antes, durante y después de nuestras vidas. Me he sumergido en él como en el lago de esa eterna Galilea que tanto amaba y como en aquel otro cuya huella en el corazón de Shimbolom persistía misteriosamente en mi memoria… En el seno de su paz inefable no vi el camino que hicieron seguir a mi cuerpo ni percibí la gran tela de lino en la que lo transportaron entre las espinas y sobre las piedras chorreantes de lluvia. Estaba en otra parte… Con la misma intensidad que si aún estuviera revestido por el Espíritu del Sol, contemplaba la Tierra y el bullicio de todas las formas de vida que se debatían en ella. Solo era capaz de amar y consolar. Porque, en última instancia, más allá de todos los discursos, nunca había habido otra cosa que hacer y porque toda la angustia de los mundos no surgía más que del miedo a acoger la Vida. Sin embargo, una parte de mi conciencia presentía el lugar al que llevaban esta carne y estos huesos cuya cohesión solo se mantenía, por milagro, gracias a una leve respiración. Supe que cruzábamos un umbral de materia rocosa y que luego depositaban mi forma sobre una superficie áspera y fría. Podría haber dicho: «Me voy… Abandono la ilusión de este mundo… Conozco otro que es, en verdad, el mío…» Pero mientras esos pensamientos daban vueltas en mi interior y me visitaban, recuperé la visión de mi cuerpo. Este yacía en el centro de un lienzo sobre una losa de piedra toscamente tallada y me pareció digno. ¿Era posible que fuera realmente el mío? No había tenido a menudo la ocasión ni el deseo de detenerme en él, pero me pareció casi irreconocible bajo los chorros de sangre y las marcas de golpes que lo encogían. Solo quise retener su dignidad y fue ella, creo, la que me hizo reencontrar allí el Templo que había dedicado a mi Padre. Muy poco a poco, mi ángulo de visión se fue ampliando y acabó abarcándolo todo, tanto por dentro como por fuera de esa especie de gruta donde me habían depositado. Sabía sin la menor duda posible que me encontraba en la tumba que mi tío Yussaf había recientemente mandado excavar, oficialmente para sí mismo, en las laderas rocosas de un jardín. La cavidad era bastante profunda y constaba de dos recintos. Mi cuerpo yacía en el segundo, donde se había acondicionado la tumba propiamente dicha. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que había dos hombres agachados en la primera. En la penumbra, ayudados por los destellos danzantes de un gran número de lámparas de aceite, se afanaban en mezclar polvos y aceites mientras vigilaban unos brebajes. Eran los Hermanos de Heliópolis. Al mismo tiempo, reconocí las siluetas de Yussaf y Jean, que, fuera, se alejaban bajo la lluvia y el viento; tropezaban en el crepúsculo para reunirse con un grupo de hombres cuyos rostros no podía adivinar. ¡Todo parecía tan perfecto, tan coherente, y mi alma sentía una serenidad tan increíble en aquellos lugares! Entonces me invadió un potente olor a alcanfor. Me devolvió a la realidad, a mi cuerpo. Uno de los dos hombres de Heliópolis, el de piel oscura que se llamaba Balthazar, me estaba untando suavemente la garganta con un bálsamo espeso y amarillento, mientras el otro se dedicaba a limpiar mis heridas y todos los restos de sangre con un paño empapado en agua. Así, ellos esperaban… En cuanto a mí, con el alma llena de ternura, no pasé por la fase de la esperanza. Me di cuenta por completo de que quería… de que siempre había sabido que mi papel no terminaba ahí, ni en esa colina ni en ese bosque, ya saturados de tormentos mucho antes de mi llegada. No, Jeshua no había nacido para el sufrimiento y no se diría que lo dejara como herencia, como un camino a seguir o una fatalidad que aceptar para beber el Sol. ¡Sí, beber el Sol! La expresión me venía a la mente… Siempre me habían gustado esas palabras que un día pronuncié en presencia de Yo Hanan y estaba firmemente decidido a seguir dándoles vida y a multiplicarlas.
© Daniel Meurois. Extracto del capítulo 33 del «LIBRO SECRETO DE JESHUA», tomo 2. Ediciones Isthar
Ilustración: Dixie Johnston Turpin.
