¡HAY COSAS QUE DEBEN DECIRSE!

¡HAY COSAS QUE DEBEN DECIRSE!

Queridos amigos y lectores:

Cada vez percibimos con más claridad la enorme dispersión que domina a muchas de las personas presentes en la mayoría de las redes sociales. Parece que nada les interesa de verdad, o bien viven instaladas en la confrontación, la ira y la polémica. Con demasiada frecuencia, se mueven entre el ridículo, la inconsciencia, la negación, la falta de discernimiento y la ausencia de verdadera inteligencia interior.

La desinformación, la mentira y la decadencia se han vuelto algo habitual.

Y a esto se suma el hecho de que algunos “autores” de moda, que dicen aportar revelaciones sobre la ufología y las civilizaciones galácticas, han llegado incluso a ridiculizar a los seres de la esfera de Venus y a difundir teorías cada vez más extravagantes. Sin embargo, la Tierra continúa bajo el protectorado de la esfera venusina, y desde luego no bajo el de Orión, cuya influencia es mucho más oscura. Lo que arrastra hacia abajo parece resultar cada vez más atractivo. Es inquietante observarlo, sí, pero también profundamente revelador.

Hablar de Cristo y de lo Sagrado tampoco está de moda. Y, sin embargo, nosotros seguimos haciéndolo junto a Nuestros “Amigos de lo Alto”, los Elohim, más allá de los dogmas de cualquier religión. Ese Maestro-Avatar que es Jeshua (Sananda) está hoy más presente que nunca, acompañado por toda la Fraternidad Galáctica, para ayudarnos a atravesar este tiempo decisivo. Tomar verdadera conciencia de ello cambiaría por completo el futuro de la humanidad y su evolución espiritual.

Pero, como suele decirse, no se puede ir más rápido que la música. Y esa música no es otra cosa que el grado de apertura de la conciencia humana, que avanza a su propio ritmo.

Nos acercamos a los años 2030-2033, fechas que señalan el inicio de una reinicialización. Un nuevo comienzo.

Por eso asistimos a distintas formas de apocalipsis, entendiendo “apocalipsis” en su verdadero sentido: revelación. Todo lo que pertenece a las bajas vibraciones se encuentra en plena agitación, porque estamos llegando al final del descenso del Gran Péndulo Cósmico.

Por supuesto, todo nuevo comienzo implica antes un final. Pero preferimos poner la atención en la idea de inicio, de renovación, de reinicio. El concepto de final nos remite al dolor, al sufrimiento, a lo negativo. Y eso no significa que no vaya a haber grandes sufrimientos ante lo que se abre para nuestro mundo. De hecho, ya los hay.

Inevitablemente tendrá lugar un proceso de depuración y de destrucción de las viejas estructuras. Todo indica que aún debemos esperar acontecimientos dramáticos. Forma parte de la naturaleza misma de los ciclos.

Sin embargo, eso no es lo esencial. La palabra “reinicialización” apunta sobre todo a una nueva siembra para nuestra humanidad. Por eso, lo verdaderamente importante no es el antes de 2030-2033, sino el después.

¿Qué recogeremos de todo lo vivido?

¿Qué fruto obtendremos de todas las experiencias acumuladas a lo largo de siglos y milenios?

Nuestra conciencia colectiva profunda, nutrida por las miles de vidas que hemos atravesado, ha almacenado una inmensa cantidad de información. Tal vez no la recordemos de forma consciente, pero sigue viva en nosotros. La gran mutación vibratoria que estamos contemplando —y el cambio en la frecuencia vibratoria de la Tierra es un hecho científico— podría permitir que resurjan memorias muy antiguas, capacidades dormidas y conocimientos olvidados en un número significativo de personas.

¿Podría eso impulsar una nueva forma de sociedad? Eso es lo que esperamos.

No decimos que vaya a suceder de un día para otro. Precisamente por eso, lo esperanzador no es la idea de un supuesto fin del mundo, sino el anuncio de un renacimiento para los años 2030-2033.

Existe una gran verdad: todo lo que nace está llamado a transformarse y a desaparecer en su forma anterior. Por eso, tanto en la historia de la humanidad como en nuestra propia historia personal, siempre han existido grandes momentos de reajuste.

Según la información que hemos recibido, habrá una redistribución profunda de las cartas. Los poderes establecidos podrían verse fuertemente sacudidos, y las poblaciones podrían vivir también una toma de conciencia importante respecto a sus decisiones y elecciones.

No se puede negar —y todos lo percibimos— que nuestro planeta, ser vivo y consciente, probablemente necesita también sacudirse para iniciar una nueva etapa de su evolución.

Nadie sabe exactamente lo que ocurrirá

¿Quién puede saber con exactitud lo que va a suceder? Ni siquiera los Maestros de Sabiduría desean dar detalles precisos sobre ello. En sus propias palabras:

“Incluso nosotros, los Maestros ascendidos, no poseemos el conocimiento último de lo que va a suceder. Eso pertenece al ámbito de la Voluntad divina absoluta”.

Lo mismo ocurre con nuestros Amigos, los Hermanos de las Estrellas, que hasta el último momento no sabrán exactamente de qué manera intervendrán.

La libertad se ofrece a cada ser hasta el último instante. Todo esto es extremadamente complejo. El propio planeta dispone también de su libertad. Tiene derecho a reaccionar, igual que nosotros.

Nuestros Hermanos Elohim de la esfera de Venus y de Sirio nos ayudan a vivir mejor los cambios que se presentan ante nosotros. El problema es que el ser humano, en su conjunto, sigue creyéndose el centro del universo. Le parece imposible imaginar la desaparición de su especie. Muchos esperan una intervención “extraterrestre” o divina porque consideran que la humanidad representa lo mejor de la vida. Pero eso no es así.

La especie humana no es la cumbre de la evolución. Es solo una etapa dentro de la manifestación de la vida universal. Si la Voluntad divina determinara, por ejemplo, que dentro de un siglo solo deba permanecer un tercio de la humanidad actual sobre la Tierra, así sería.

Y aun así, la Vida, con mayúscula, no estaría en peligro.

El ser humano del siglo XXI representa solo una fase relativamente limitada dentro del desarrollo de la Vida. Nuestras almas no son nuestros cuerpos, y nuestros cuerpos no son nuestras almas. Nuestras almas continuarán evolucionando de una forma u otra. Y si no es bajo esta forma, será bajo otra.

¿Se repetirá un proceso semejante al de la venida del Cristo?

Pensamos que es razonable esperarlo.

Un planeta funciona de manera semejante a un ser humano. Cuando los cuerpos sutiles de una persona quedan invadidos por formas de pensamiento parásitas, su organismo físico termina enfermando. De igual modo, si las distintas capas astrales, etéricas y las múltiples auras de la Tierra se ven cargadas por energías nocivas —incluidas las de numerosas almas humanas bloqueadas y en sufrimiento—, la intervención de un ser de dimensión crística podría resultar necesaria para iniciar una purificación semejante a la de hace dos mil años.

Un mensaje final de esperanza

Dejemos ahora que nuestros Hermanos Elohim cierren estas palabras con una nota luminosa:

“Comprendedlo bien: no hay tristeza en contemplar estos acontecimientos de los que os hablamos. Cuando observamos las mutaciones que esperan a vuestra humanidad, no sentimos tristeza. A veces podemos sentir preocupación por la manera en que serán atravesadas ciertas puertas, pero esa preocupación no genera tristeza, porque ya vemos el Sol que asoma detrás de ese paso estrecho.

En cuanto a la contaminación tan concreta que vivís hoy, sabed que, si llegara demasiado lejos, nuestro pueblo sería capaz de ponerle fin en pocas horas, simplemente gracias al conocimiento de los mecanismos más íntimos de la Naturaleza. Pero no creáis por ello que debáis desentenderos de la salvación de la naturaleza de vuestro mundo. Si descansáis demasiado en nuestras posibles intervenciones, cargaríais con un peso que os acompañaría durante mucho tiempo.

Asumid vuestras responsabilidades, por pequeñas que parezcan, y no penséis que vuestra misión de vida es insignificante. ¡Son miles de millones de pequeñas acciones cotidianas las que construyen un mundo! Seáis quienes seáis, sembrad semillas de alegría en cada instante de vuestra vida. Vosotros sois alimento para ese Sol, y vuestra única preocupación debería ser acrecentarlo y ensanchar la puerta de la Conciencia, para que su irradiación sea cada vez más perceptible.

Con eso, todo está dicho. ‘Dios’ os necesita. El Sol no es diferente de vosotros. ¡Esta es una verdad absoluta!

Paz, paz y paz…

Diálogos con los que vienen de los Cielos

EDICIONES ISTHAR LUNA-SOL

HÁGASE TU VOLUNTAD

HÁGASE TU VOLUNTAD

Queridos amigos, en estos días en los que la locura cae de forma inusual sobre nuestro mundo y desprecia todo sentimiento digno del ser humano, he considerado oportuno volver a compartir con vosotros este texto. Aunque fue escrito hace algunos años, probablemente sigue teniendo su razón de ser.

Nosotros, que a través de los medios somos tan hábiles a la hora de otorgar todo el poder a la enfermedad mental institucionalizada, a la dictadura, a la corrupción y a la crueldad en todas sus formas, ofrezcámonos desde lo más profundo de nuestro ser para generar una inmensa forma-pensamiento de pacificación. Es lo mínimo que podemos hacer.

«Hágase Tu Voluntad…». Desde donde alcanzan mis recuerdos, estas palabras, tan concisas como poderosas, siempre me han marcado. Aún hoy resuenan en mí como un «Ábrete, Sésamo» cada vez que una dificultad real o una cuestión importante se presenta en mi camino. De ellas extraigo invariablemente una fuerza que sostiene mi aliento.

Para quien comprende verdaderamente su sentido, su magia reside sin duda en su simplicidad y, por ello mismo, en su universalidad.

Sin embargo, más allá de esa aparente simplicidad, es posible que estas palabras movilicen en nosotros mucho más de lo que parece. Esto no escapa a quienes se interrogan…

En efecto, ¿qué implica exactamente «Hágase Tu Voluntad»? ¿A quién nos dirigimos al formular esta invocación que resuena como una confesión, la confesión de nuestros «ojos interiores» que aspiran a pasar del combate al desarme confiado?

¿A Dios, a lo Divino? Sin duda… pero ¿somos conscientes de que, al expresarnos así, colocamos —sin darnos cuenta— la Realidad y la Presencia fuera de nosotros? La alejamos…

Problema…

Y problema también si llevamos la reflexión más lejos. Cuando nos remitimos a lo Divino como a un decisor que nos descarga de nuestra responsabilidad, ¿qué ocurre entonces con el sentido de nuestra vida y de nuestro destino?

Aquí tocamos la delicada cuestión de la Libertad e incluso la noción de Fatalidad.

En cuanto a nuestro camino del alma, aquel que estamos llamados a recorrer para realizarnos en esta existencia y acercarnos a la Fuente, ¿qué debemos pensar de él? ¿Cómo mirarlo y comprenderlo si, frente a la adversidad, acabamos bajando los brazos y declarando la rendición?

Encontrar respuestas satisfactorias a todas estas preguntas puede convertirse en un auténtico rompecabezas. Y además… ¿qué es esa Presencia a la que llamamos Dios y qué quiere? Y, por encima de todo… ¿dónde queda nuestro margen de maniobra personal? No salimos de ello. No hay salida en esa dirección.

En lo que a mí respecta, si el magnífico «Hágase Tu Voluntad» ha ocupado tanto espacio en mi vida, es porque desde hace tiempo he perdido todo interés en querer analizarlo.

He abandonado ese ejercicio porque las palabras nos atrapan con gran facilidad. Como todas las herramientas, tienen sus límites. Tanto pueden dibujar y abrir vastos horizontes como, de forma sutil, construir cercas.

Por eso descendí un nivel en mí mismo. Abandoné mis pobres «matemáticas mentales» para unirme definitivamente a las imágenes constructivas de mi corazón, allí donde se produce la Conexión iluminadora.

Fue gracias a esta decisión, creedme, que descubrí de inmediato mi «Sésamo», es decir, mi traductor de verdades eternas, mi detonador de Paz, mi Simplificador universal.

¿Quién es ese Dios o ese Divino a cuya Voluntad me entrego regularmente? Como ser pensante, puedo tener alguna idea u opinión, pero pretender abarcarlo sería de una presunción lamentable… porque he comprendido que lo tengo constantemente «ante mis ojos», porque vivo «dentro» de Él a cada nanosegundo de mi trayectoria, porque también es interior a mi corazón, porque es su célula madre.

¿Cuál es la naturaleza exacta de Su Voluntad en los meandros de mi camino de vida?

¿Pero quién soy yo para pretender delimitarla mediante algunos conceptos inevitablemente demasiado humanos?

Mi camino de vida… estoy seguro de recorrerlo plenamente mientras permanezca fiel a mí mismo y a los demás, sean cuales sean las circunstancias. Estoy seguro de no desviarme de él mientras lo proyecte con el aliento de mi corazón. También estoy seguro de sacralizarlo cada vez que consigo desprenderlo de mis pequeños deseos personales.

Finalmente, conozco su significado cuando, agotado, «me abandono» y me entrego a una Voluntad que no pertenece a lo que sé de mí, pero que vive en lo más profundo de mi ser. Porque ahora soy consciente de que esa Voluntad se confunde con el Dedo de lo Divino y tiene un único propósito: ofrecer a mi alma lo más poderoso y luminoso.

Saber abandonarse cuando uno está cansado de enfrentarse a vientos contrarios es, sencillamente, eso. Es aceptar dejar de estar «en control» de la superficie de nuestra vida y confiar en la verdad inmutable de una cierta Chispa que reside justo ahí, en lo más hondo de nuestro pecho.

Porque, en última instancia —aceptémoslo de una vez—, la Voluntad de ese Padre-Madre eternos al que a veces tenemos la humildad de invocar se confunde con aquella que espera su momento en lo más secreto de nuestro ser.

© Daniel Meurois

REGENERACIÓN

REGENERACIÓN

Amigos lectores, en esta víspera de Pascua, creo que no es necesario presentaros estas líneas…

«He entrado en lo Divino… en el seno mismo de ese líquido amniótico en el que todos nos bañamos antes, durante y después de nuestras vidas. Me he sumergido en él como en el lago de esa eterna Galilea que tanto amaba y como en aquel otro cuya huella en el corazón de Shimbolom persistía misteriosamente en mi memoria… En el seno de su paz inefable no vi el camino que hicieron seguir a mi cuerpo ni percibí la gran tela de lino en la que lo transportaron entre las espinas y sobre las piedras chorreantes de lluvia. Estaba en otra parte… Con la misma intensidad que si aún estuviera revestido por el Espíritu del Sol, contemplaba la Tierra y el bullicio de todas las formas de vida que se debatían en ella. Solo era capaz de amar y consolar. Porque, en última instancia, más allá de todos los discursos, nunca había habido otra cosa que hacer y porque toda la angustia de los mundos no surgía más que del miedo a acoger la Vida. Sin embargo, una parte de mi conciencia presentía el lugar al que llevaban esta carne y estos huesos cuya cohesión solo se mantenía, por milagro, gracias a una leve respiración. Supe que cruzábamos un umbral de materia rocosa y que luego depositaban mi forma sobre una superficie áspera y fría. Podría haber dicho: «Me voy… Abandono la ilusión de este mundo… Conozco otro que es, en verdad, el mío…» Pero mientras esos pensamientos daban vueltas en mi interior y me visitaban, recuperé la visión de mi cuerpo. Este yacía en el centro de un lienzo sobre una losa de piedra toscamente tallada y me pareció digno. ¿Era posible que fuera realmente el mío? No había tenido a menudo la ocasión ni el deseo de detenerme en él, pero me pareció casi irreconocible bajo los chorros de sangre y las marcas de golpes que lo encogían. Solo quise retener su dignidad y fue ella, creo, la que me hizo reencontrar allí el Templo que había dedicado a mi Padre. Muy poco a poco, mi ángulo de visión se fue ampliando y acabó abarcándolo todo, tanto por dentro como por fuera de esa especie de gruta donde me habían depositado. Sabía sin la menor duda posible que me encontraba en la tumba que mi tío Yussaf había recientemente mandado excavar, oficialmente para sí mismo, en las laderas rocosas de un jardín. La cavidad era bastante profunda y constaba de dos recintos. Mi cuerpo yacía en el segundo, donde se había acondicionado la tumba propiamente dicha. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que había dos hombres agachados en la primera. En la penumbra, ayudados por los destellos danzantes de un gran número de lámparas de aceite, se afanaban en mezclar polvos y aceites mientras vigilaban unos brebajes. Eran los Hermanos de Heliópolis. Al mismo tiempo, reconocí las siluetas de Yussaf y Jean, que, fuera, se alejaban bajo la lluvia y el viento; tropezaban en el crepúsculo para reunirse con un grupo de hombres cuyos rostros no podía adivinar. ¡Todo parecía tan perfecto, tan coherente, y mi alma sentía una serenidad tan increíble en aquellos lugares! Entonces me invadió un potente olor a alcanfor. Me devolvió a la realidad, a mi cuerpo. Uno de los dos hombres de Heliópolis, el de piel oscura que se llamaba Balthazar, me estaba untando suavemente la garganta con un bálsamo espeso y amarillento, mientras el otro se dedicaba a limpiar mis heridas y todos los restos de sangre con un paño empapado en agua. Así, ellos esperaban… En cuanto a mí, con el alma llena de ternura, no pasé por la fase de la esperanza. Me di cuenta por completo de que quería… de que siempre había sabido que mi papel no terminaba ahí, ni en esa colina ni en ese bosque, ya saturados de tormentos mucho antes de mi llegada. No, Jeshua no había nacido para el sufrimiento y no se diría que lo dejara como herencia, como un camino a seguir o una fatalidad que aceptar para beber el Sol. ¡Sí, beber el Sol! La expresión me venía a la mente… Siempre me habían gustado esas palabras que un día pronuncié en presencia de Yo Hanan y estaba firmemente decidido a seguir dándoles vida y a multiplicarlas.

© Daniel Meurois. Extracto del capítulo 33 del «LIBRO SECRETO DE JESHUA», tomo 2. Ediciones Isthar

Ilustración: Dixie Johnston Turpin.

La montaña del Intocable

La montaña del Intocable

Queridos amigos de esta página, he cedido… He cedido a la tentación de ofreceros aquí unas líneas del comienzo de mi próxima obra: «La montaña del intocable». Algunos de vosotros me decís que esperar hasta septiembre u octubre es un poco largo. Os confieso que para mí también lo es. Pero, como sabéis, hay razones técnicas que condicionan la publicación de los libros y que nos obligan a tener paciencia. Así que aquí tenéis un pequeño adelanto… ¡Que disfrutéis de la lectura y gracias por vuestra fidelidad!

«Nací hacia el año 1893, si contamos según el calendario occidental… Sí, has oído bien: 1893. El cálculo no es difícil de hacer: hace unos 132 años.
Para mi conciencia y mi cuerpo, eso ya no significa gran cosa. Nací en el extremo sur de este país que llaman India. No sé exactamente dónde, salvo que mi horizonte se limitaba a esbozos de callejuelas que desembocaban en terrenos baldíos, porque mi familia formaba parte del mundo de los «intocables», los dalits, los indignos, los impuros, según aseguraban.

Así que ante mí solo tenía el espectáculo de la mendicidad y de las tareas más humildes… Como, por ejemplo, recoger con las manos desnudas excrementos de vaca para hacer tortas que servirían de combustible.
Cuando uno nace así, ni siquiera se lo cuestiona, parece estar en el orden de las cosas, es decir, en el que han decidido los dioses multicolores del gran templo de la plaza. ¡Pero aún así había que poder acercarnos con la mirada a ese santuario cuya entrada nos estaba formalmente prohibida! Imposible bajar más abajo ni soñar con subir un poco.
Y, sin embargo, lo hice… Tuve la osadía de esperar. No fue algo consciente… Simplemente no me sentía afectado por el orden de las cosas decretado por no sé quién.
Nunca supe el verdadero nombre de mi padre: al igual que mis hermanos y hermanas mayores, lo llamaba Baboo… papá. En cuanto a mi madre, se había «ido» al darme a luz. ¿Ido a dónde? ¿Acaso los dalits tenían siquiera un mundo donde descansar cuando sus cuerpos ya no podían más? Sin duda, ya que se decía que si uno nacía dalit era para pagar el mal que había hecho en una vida anterior. Creo que eso no ha cambiado mucho hoy en día, a pesar de las leyes. Cuando uno limpia alcantarillas durante toda una vida a cambio de un naan o un chapati, sin duda es porque se lo ha merecido, ¿no? (1)
Pero, repito, yo caminaba al margen del bloqueo mental que eso representaba para la multitud de mis semejantes. Sin duda, un soplo de aire fresco y, por suerte, heredado también de una existencia pasada.

Ese soplo salvador lo respiré al día siguiente mismo de la cremación de mi padre, un ritual que hubo que improvisar con unos trozos de madera a buena distancia del lugar oficial.

Eso fue el detonante, como si Baboo hubiera desempeñado el papel de un pivote al que yo estaba atado con una cuerda, condenado a dar vueltas en círculo.
Al desaparecer el pivote, me fui «así», de un día para otro, despidiéndome rápidamente de mis hermanos y hermanas, que no creían en mi decisión. «¿Y adónde vas a ir?». No tenía respuesta que dar. No tenía ni idea.
Recuerdo haber recogido un palo en algún lugar, a modo de nuevo eje, por así decirlo, y luego me dirigí hacia el mar, que nunca había visto pero que, al parecer, era hermoso y no estaba muy lejos. Como único equipaje, solo llevaba una vieja bufanda con la que me cubriría la cabeza en caso de calor excesivo. ¿Qué más habría podido llevarme, por cierto? ¿Mi cuenco de madera? Ni siquiera se me ocurrió, y además mis hermanos y hermanas seguramente lo necesitarían más que yo en su servidumbre consentida…

Tras aproximadamente un día de marcha, llegué a la orilla de ese mar. Era aún más hermoso de lo que había imaginado y, en ese momento, decidí que viviría allí. Pero ¿cómo y de qué? Nadie me conocía y, sin embargo, temía que algún detalle delatara mi condición de intocable; si eso ocurría, todo estaría perdido.
Entonces, decidí meterme en el agua del mar para lavarme. Según lo que siempre había oído, todos los dalits apestaban, era su primer rasgo distintivo. Después, me decidí a acercarme a una pequeña cabaña que olía a comida. Tenía hambre, evidentemente, y la construcción era tan miserable que me resultaba bastante tranquilizadora. Quizás no gritarían para que me alejara… De hecho, la acogida fue bastante favorable.
«Eh, tú —me dijeron—, en lugar de holgazanear, ve a buscarme unas cebollas al callejón de allí…»
Y me encontré con unas monedas en las manos… ¡Alguien acababa de confiar en mí! Mi primer instinto de paria fue decirme que iba a huir con ellas. Patético, ¿verdad?»

(1) Los naans y los chapatis son una especie de tortas de pan que constituyen una de las bases de la alimentación tradicional.

© Daniel Meurois
Extracto del capítulo 1 de «La Montagne de l’Intouchable». Próxima publicación en Éditions Le Passe-Monde en otoño de 2026
Ilustración: istockphot

Un 45º soplo…

Un 45º soplo…

Amigos lectores, después de un largo silencio que, sin embargo, no fue señal de descanso, regreso hoy con estas tres primeras páginas de « Bajo el velo de Meryem »

Hay dos razones para ello.

La primera es que la « Tierra Santa » —que no lleva ese nombre sin una razón profunda— se evoca aquí en toda su pureza, mientras que hoy sabemos cuánto ha sido mancillada.

La segunda es que estamos a tres días de la salida de imprenta de este libro que, espero, haga su parte en lo sutil de las conciencias. Es el número 45 de mis obras.

Así que aquí está… Por supuesto, es Meryem, aún siendo una niña pequeña, quien habla:

* »Es un viento solar el que me trajo a este mundo. Un impulso de Luz con destellos de Luna, un Soplo indiferenciado… Lo seguí o me invistió, no podría decirlo, pues todo está en Todo.

Mis primeros recuerdos en este cuerpo de mujer, que sin embargo asumí entre felicidad y dolor, se remontan a los dos o tres años. La felicidad del Servicio a lo Vivo, el dolor de las cicatrices ya percibidas de lo que sería mi vida.

Desde las ásperas colinas de Judea hasta las suaves ondulaciones de Galilea, y luego desde las riberas del lago de Kinneret hasta Jerusalén, ¿cuántas veces no recorrí los senderos de esta tierra intemporal que era Palestina? Pasando de los brazos de mis padres a las cestas en los flancos de un mulo, observaba cómo desfilaban los paisajes. No entendía las líneas inestables del horizonte…

Donde nos deteníamos, donde vivíamos una temporada o dos, nunca era ‘nuestro hogar’. O quizás, ‘nuestro hogar’ era en todas partes, porque ese hombre de larga barba llamado Yoakim, a quien sabía mi padre, era respetado y esperado en cada lugar. En cuanto a mi madre, solo recuerdo sus ojos y el gran velo negro con el que me limpiaba la frente.

Ella se llamaba Hannah y también parecía muy respetada. Pero, ¿qué es el respeto para una niña pequeña que contempla el mundo con una mirada aún impregnada de otro universo? Más que un signo de mérito o privilegio de orígenes desconocidos, era el reconocimiento de una luz que se imponía por sí misma. Y, de hecho, mis padres no eran simples padres, sino Yoakim y Hannah, que aparentemente todos conocían.

Quizás tenía cinco años cuando comprendí la razón de ello, en forma de lo que para mí fue una revelación… Mi padre era sacerdote en Jerusalén. Me decía a menudo que tenía una responsabilidad allí, aunque no entendía del todo qué significaba eso. Solo veía que se sentía orgulloso y que por eso viajábamos tanto, porque en otros lugares también le pedían que realizara gestos y recitara oraciones.

Oraciones… Siempre he sabido para qué servían y qué decían… un poco como las estrellas que brillaban en el cielo nocturno, con las que hablaba y que me respondían con sus propias palabras.

Y luego, un día, dejamos de recorrer los caminos. Mi padre tenía una pequeña casa cerca de los muros, en Jerusalén. En lugar de solo pasar por allí, nos instalamos en ella.

— »¿Sabes, Meryem? Aquí naciste tú. »

Otra revelación… En realidad, nunca me había preguntado sobre mi nacimiento. En mi mente y en mi corazón, siempre había existido, y veía a mis padres como si me hubieran sido prestados por un tiempo. Primero eran Yoakim y Hannah, y parecían creer que yo era su hija.

Así me convertí en Meryem en ‘la casa cerca de los muros’, como un ave que el viento empuja a posarse en el suelo para hacerle entender que también puede caminar en el polvo. Y pasos, recuerdo, di muchos en las callejuelas tortuosas de Jerusalén, entre los puestos de los mercaderes pero también pasos interiores. Fue allí donde finalmente decidí despertar… »*

© Daniel Meurois. Extracto de « Bajo el velo de Meryem », Ediciones ISTHAR.

Ilustración original no identificada.